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lunes, 25 de octubre de 2010

Las amistades inconvenientes (Reseña del libro)




“La vida tiene giros sorprendentes”, la frase se escucha cada vez que sucede algo inesperado; sin embargo, cuando las cosas se analizan, después de haber pasado, la conclusión es que se pudo evitar, o que algo similar le había acontecido a alguien conocido. El hecho es que la existencia está conformada de eventos repetitivos, por eso, en las familias, cada nuevo padre se impone la tarea de evitar que sus hijos repitan las conductas nocivas de anteriores parientes y, por el contrario, se esfuerzan para que imiten las que consideran son ejemplo a seguir.

No hay nada de malo en imitar modelos anteriores; ni en evitar aquellos que se consideran perjudiciales. Al final, esos patrones de conducta sirven de materia prima a cualquier escritor que posea agudeza al observar y sensibilidad para llevarlos al papel.

Víctor Muñoz, Guatemala, 1950; autor de varias novelas y libros de cuentos, cuyo trabajo ha sido publicado, de manera consistente, en las últimas cuatro décadas; basa su obra en la observancia, casi antropológica, de las situaciones cotidianas.

Su más reciente libro, “Las amistades inconvenientes”, se compone de once relatos, los cuales parecen haber sido escritos por alguien que, sentado en un lugar alto, aprovecha su posición de observador privilegiado, toma nota de lo que ocurre y luego lo transforma en ficción.

Son situaciones cotidianas narradas con sencillez, sin alardes de lenguaje, sin enredar las historias. Los protagonistas son personas comunes, con vidas comunes, con problemas comunes; como cualquier vecino, o familiar.

Los cuentos tienen nombres nada rebuscados, como: “Las tardes de domingo”; “Los padrinos”; “Aquí nunca pasa nada”; “Las amistades inconvenientes”, cuento que da nombre al libro; tal simplicidad se refleja en el contenido.

Conseguir esa simplicidad es complicado, valga la frase trillada para explicar lo valioso de los textos de Muñoz: “Viernes. Efímera felicidad ante la finalización de la semana. Ese medio día, al llegar hasta mi carro el cuidador me indicó que la llanta trasera izquierda estaba pinchada. Le di las gracias y le pagué por la cuidada, luego comprobé que, efectivamente, la llanta trasera izquierda estaba baja de aire; sin embargo consideré que tratándose de una llanta de las que no necesitan cámara, podría llevar el vehículo hasta el primer pinchazo que encontrara en el camino. De pronto advertí que tenía deseos de orinar, pero calculé que tendría suficiente tiempo para arreglar la llanta y luego llegar a mi casa.” El anterior es un párrafo del cuento titulado “Aquí nunca pasa nada”. P 61. Lo que se narra es algo que, posiblemente, le haya sucedido a la mayoría de personas que tengan vehículo. Ya desde el inicio se advierte que el título es ironía pura, pues se crea el escenario para desarrollar cualquier tipo de evento, pero el lenguaje utilizado da señales de que todo sucederá de manera natural.

“Las amistades inconvenientes” es un libro en el que convergen historias de seres marginales y cotidianos, que pueden ser los mismos; pues son marginales y comunes como cualquier anciano solitario, que vive anclado en la esperanza de recibir las visitas de sus hijos, pero, a la vez, sabe que son cosas imposibles, porque la vida es implacable y su transcurrir, la mayoría de las veces, convierte al ser humano en alguien abandonado.

El conjunto de los relatos es la muestra de cómo la cotidianidad llega a convertirse en la esperanza de que algunos deseos se hagan realidad, para luego dar paso a la añoranza de aquello que se sabe no va a suceder.

Los personajes construidos por Muñoz siguen ejemplos, repiten modelos, inculcan buenas costumbres a sus hijos, hacen cosas comunes; son el reflejo de cualquiera que se mire en ellos.

Las amistades inconvenientes, de Víctor Muñoz
Magna Terra Ediciones, 2010. 158 páginas.

Fernando Ramos

lunes, 11 de octubre de 2010

Círculo

Uno a uno fueron saliendo los vecinos, todos con la nota en la mano; primero se hizo un murmullo, luego caminaron hacia el parquecito ubicado en el centro de la colonia.

Por suerte era domingo, había tiempo para reunirse y, en conjunto, decidir qué hacer.

La nota era clara, venía firmada por la mara “Salvatrucha”, tenían que pagar doscientos quetzales por casa o atenerse a las consecuencias.

Después de dos horas de quejarse de la inseguridad, y de maldecir al gobierno, acordaron que no se dejarían extorsionar. Decidieron contratar una empresa de seguridad, que pondría cámaras de vigilancia y varios policías; también iban a construir, en la entrada de la colonia, una garita de control.

Más tranquilos, fueron regresando a sus casas, a tomar el desayuno, sabiendo que por solo trescientos quetzales al mes, que pagarían a la empresa de seguridad, no tendrían que volver a preocuparse por los extorsionadores.

Fernando Ramos

lunes, 27 de septiembre de 2010

Minuto feliz

La algarabía duró un minuto, ni un segundo más, ni uno menos. Durante ese tiempo todos fueron felices. Se comportaron como hermanos, unidos por una sola causa.

Justo cuando la aguja pasó sobre el 12, se escuchó un silbato, el policía dijo: “Ya basta”.

Cada quien se fue por su lado, con una sonrisa en los labios y brillo en los ojos, algunos todavía le dieron una última patada al sujeto.

El hombre quedó ahí, tirado, con la cara llena de sangre, y a su lado el teléfono que había robado.
Fernando Ramos
 

Revista de literatura

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