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lunes, 29 de noviembre de 2010

Marianita

Por: Patricia Cortez

La verdad, vos, es que mi mamá era puta. Tenía un cuartito en la línea, a la Marianita y a mí siempre nos llevaba. Vos no la conociste, ¿vaa?, era mi hermanita, tenía dos años menos que yo.
El “sayco” dice que es bueno que la recuerde, que esas cosas me hacen fuerte.
Lo que te contaba pues vos, nos llevaba a su cuartito, porque no le gustaba dejarnos encerrados como hacían las otras. Cuando no se ocupaba jugaba con nosotros, nos leía cuentos, decía que antes de entrar a la escuela teníamos que aprender a pintar y otras babosadas de esas, si se ocupaba siempre había alguien que nos cuidaba.
Era bonita la pisada, tenía su pegue, había un viejo que llegaba en su carro, con chofer y todo. Mientras él estaba adentro el chofer nos dejaba entrar al carro, pero cuando salía hacía como que no sabía nada y nos sacaba la madre, entonces salíamos corriendo, como locos, por toda la línea; era bien alegre vos, en serio.
A mi madre tampoco la conocés, ¿vaa?, ella no está muerta, pero casi. Se puso loca cuando se murió la Marianita. La metieron al Federico Mora. Ahí está todavía, se cortó los brazos a saber cuántas veces, yo iba a verla, pero ya no voy, está bien loca la vieja, en serio.
¿Querés que te cuente como se murió mi hermanita? La verdad, no es una historia agradable, pero igual, el “sayco” me dice que es mejor contarlo, que deje ir ese asunto, y te juró que cada vez que lo hago se parece más a las historias de “Escuela para todos” que nos leía mi madre, por eso me gusta contarlo, para que se vaya volviendo un cuento.
Mi madre jura que no tuvo la culpa, que ella no se dio cuenta, que la drogaron. Solo recuerdo que yo estaba metido en el carro del viejo, un Mercedes negro, con asientos de cuero; la cosa es que me metí y no me fijé si la Mariana venía atrás. El chofer dejó que pusiera el radio, y luego él mismo subió el volumen. Después que pasó todo me quedé pensando que me dejó poner el radio para que no oyera lo que pasaba afuera; aun así, fue un grito de la Mariana lo que me hizo salir del carro. Gritó fuerte y se oyó adentro, después volvió a gritar, ahí supe que los gritos venían del cuarto. Yo me asusté, quería ir a ver, pero mi madre me pegaba si la interrumpía, de todas formas salí del carro y me puse a gritarle, pero ya se había callado.
Me metí al cuarto, con cuidado y agachado, para que no me vieran, y me encontré de golpe con los ojos en blanco de la Mariana, el viejo se la estaba cogiendo por detrás. Me asusté porque parecía muerta. ¿sabés? Yo había visto a mi madre coger con los clientes, ella gritaba, pero no se le ponían los ojos así. La Mariana tenía cuatro años y el viejo cerote la estaba destrozando.
Me emputé tanto que me le tiré encima, el viejo la soltó, la patoja cayó al suelo, la cabeza le tronó. Le salía tanta sangre de atrás que daba miedo. Le enterré las uñas al viejo. No te ríás cerote, que yo apenas tenía siete años, creo que lo mordí también. Mi madre se mataba de la risa, estaba bien peda, requeté peda, se reía al ver a la Marianita tirada en el piso, sangrando.
El viejo recogió a la niña y la metió a su carro, yo vi que todavía respiraba. Me puse a pegarle a mi mamá en la cara, para que reaccionara, después vinieron las viejas de los otros cuartos, le dieron café, y nada, ella seguía riéndose.
Hasta el día siguiente preguntó por la Mariana, le contamos y se puso histérica, lloraba y lloraba, se fue a buscar un teléfono para llamar al viejo, si vos, en esos tiempos no había tantos celulares.
El viejo le dijo que la Mariana estaba en el hospital, todavía la fuimos a ver, pero no había nada que hacer, nunca despertó. El doctor decía: “Mejor que se haya muerto, porque está destrozada por dentro”.
Hicieron que mi madre firmara un papel, para que nadie pudiera reclamarle al viejo, hasta los doctores se hicieron de la vista gorda.
El viejo cerote le dio pisto para pagar el entierro y la caja en donde la pusimos, bien lujosa era; puta, y pensar que la cerotía nunca tuvo ni una muñeca.
Después del entierro la vida cambio, la vieja se volvió loca, se encerró en el cuarto, se olvidó que yo existía, ya ni a la escuela me metió, por eso me escapé. Pasé un par de días vagando, hasta que conocí al “sayco”, quien me ayudó y me metió a la clica.
Cuando tengo que hacer un trabajo siempre pienso en la Marianita. Miro sus ojos en blanco, la sangre, y la cara del viejo cerote, eso miro en cada cliente.
No se acaba vos, el odio no se acaba, ni porque mate a todos los viejos cerotes de Guatemala, no se me olvida la cara de la Mariana, ni la risa de la loca cerota de mi madre.

lunes, 25 de octubre de 2010

Literatura bonita

Una esclava liberada narra la historia de cuando fue violada y torturada por dos hombres, dice que le dejaron la espalda marcada, tanto así que parece un árbol de cerezas en floración y que, además, bebieron de su leche. Una mujer cuenta sobre su padre y como este violó a una mujer en un campo de nabos. Mientras se construye un monasterio, una piedra de mármol cae y mata a veintiún obreros. Una madrastra abusa de su hijastro de 14 años y lo justifica diciendo que fue él quien la sedujo. Un adolescente, hijo de madre feminista, atenta contra su propia vida y queda ciego, usa su ceguera para cobrarle a la madre su falta de atención.

No se trata de la última edición de “la Extra”, ni del “muerto diario”, y las historias completas son más provocadoras y fuertes que esos extractos. Toni Morrison; Herta Müller; José Saramago; Mario Vargas Llosa; Doris Lessing; una lista de premios Nobel recientes y su enfoque es todo menos “bonito”; es literatura cruda como la vida, en donde no hay princesas, ni cuentos de hadas, mucho menos finales felices; no hay moralismos, ni “mensajes de superación”, y los logros también chocan con la naturaleza humana, que no es perfecta y no se guía por “valores universales”, ni sueños de humanidades perfectas.

Hace un tiempo, un bloguero, que escribe cuentos y anécdotas, vio disminuida su convocatoria debido a que sus últimos relatos eran: “demasiado sangrientos” y “no lo hacían sentir bien a uno”, dijeron los comentaristas.

Esa necesidad de escape siempre ha estado presente en los lectores y siempre han existido escritores que llenan el espacio con relatos “edificantes”, llenos de moralismos, juicios de valor e imágenes idílicas, graciosas, sin complicaciones, que no necesitan meditarse, ni comprenderse.
Otra vía de escape son las mitologías y las historias fantásticas, narraciones en donde se cubre la humanidad de los personajes con trajes de divinidades, o monstruos, que hacen posible “tomar distancia”: Zeus, Odin y Yahvé pueden ser crueles y asesinos, pero al final, son dioses.

La venta creciente de “best sellers”, tipo Coelho; o relatos románticos de vampiros vegetarianos enamorados, refleja ese gusto por la literatura “bonita”, o “edificante”, que “refleje los valores universales del amor y la esperanza”. “Si queremos sangre, leemos periódicos”, dice un lector enfurecido, quien anhela relatos dulces, tiernos, que provoquen un: “ah, que lindo”; y que le dejen un buen sabor de boca por el resto del día. Un mundo donde los malos son malos y los buenos son buenos, sin tonos grises.

En la cinematografía, lugar a donde se han ido los ex-lectores ávidos de imágenes pre-digeridas, las películas más populares muestran realidades disfrazadas: los pueblos tribales despojados de su tierra se convierten en alienígenas azules; la cantidad de sangre y balas de las películas de acción son exageradas, lo que permite saber interiormente que “eso no es posible”; la sangre atrae cuando es falsa, tan evidente como salsa de tomate; y pocos acuden a ver dramas humanos que hacen pensar o reflejan la podrida realidad en que vivimos.

Para mí, la literatura no debe ser bonita y el mérito de los recientes premios Nobel ha sido reflejar la realidad, partiendo desde su ideología, y su visión del mundo, sin convertirse en predicadores o hacedores de panfletos moralistas. Su literatura genera incomodidad, no da mensajes pre- digeridos, permite juzgar desde la propia vivencia, no intenta sentar cátedra o pararse en el púlpito y castigar a los pecadores; la ideología propia subyace en el texto y pocas veces se esgrime desde el frente del texto.

Probablemente no sea literatura recreativa y no genere esa sensación de piedad y “conexión con el universo”, pero abre la vista a mundos distintos, y tan similares al nuestro.

Patricia Cortez

lunes, 11 de octubre de 2010

En el atrio

Estoy mojado, eso puede sentirlo. No creo que sea sudor, puede ser agua, no sé si llueve, tengo calor, me estoy quemando, el calor sale de abajo, de mis pies, y me llena todo el cuerpo, no lo entiendo, porque estoy temblando, siento frío.

Vinieron a verme ayer, los vi, estaban sentados en la esquina, cuchicheaban, se tocaban las manos, escribían, se reían de mí, todos se ríen de mí.

La esquina de la catedral es húmeda, las paredes están mojadas por los miados, crece musgo en las piedras, plantas pequeñas nacen en los bordes.

Sus manos están heladas y húmedas, se ven arrugadas. ¿Acaso llovió toda la noche? Tiene la ropa mojada, los cartones se deshacen bajo su espalda.

No termina de llover. Amanda no usa calzones, de haber tenido se los hubiera mojado. Tiene llagas en las nalgas, yo le se las vi, y le toqué la pusa caliente. Me dice Juan, no me llamo así, no recuerdo mi nombre, se lo pregunté al hombre que vino a hacerme preguntas, también me llamó Juan. Amanda le gritó y trató de patearlo, le dijo diablo.

El cura se asoma por la esquina, los dos hombres y la mujer se levantan para dejarlo pasar, les da la bendición, con un gesto extraño, pasa corriendo, tapándose la nariz, con asco. Atrás viene Juanita. En una bandeja negra trae panes y café caliente, para los hijos de dios que duermen en el traspatio de la iglesia. Ella no les tiene asco, a pesar del olor. Entrega los panes y el café. Los tres vinieron hace un año, tienen llagas en la piel y parecen locos, no sabe si lo están.

Juanita dijo que sacarán la manguera, que viene Tulio a enjabonarnos. No me gusta que me enjabone Tulio, agarra la escoba y me refriega la espalda, me enjabona los huevos, no lo hace duro, quiere verme la verga tiesa, cuando lo logra se pone a reír como loco, Amanda se ríe también, su risa es rara, se mete en mi cabeza, me recuerda cuando yo no era así, cuando usaba camisas de seda.

Amanda se me echa encima, también está desnuda, y yo me dejo hacer. Tulio nos empuja, hasta que me monto a la Amanda, ella sigue riéndose. La monto un rato largo, para sentir que vuelvo a ser el que fui; entonces recuerdo la casa, los corredores, las flores que huelen dulce, como el pan que se hornea en la casa del cura para el desayuno. Recuerdo a la mujer flaca, que llevaron al cuartel y bailaba, usaba falda larga, de vuelos, la monté, igual que todos, se reía como Amanda, con su blusa de vuelos y las tetas al aire.

El cura regresa de decir misa, se levanta la sotana, para no mojarse con el agua que derramó Tulio, mientras pasa, mira de reojo la desnudez de Amanda, siente la fiebre que sube por sus piernas: dos hombres con los miembros en ristre montan, a la vez, a la loquita, ella ríe estruendosamente.

Sentado en su oficina, el cura abre la persiana, para ver mejor el acto.

El cura nos mira por la ventana, Amanda se ofrece a ambos, los dos nos la cogemos, de lo contrario Tulio nos mete el palo de la escoba en el culo. No me lo hizo a mí, pero lo vi cuando se lo metió a Pedro.

Bajo la sotana el cura se acaricia el miembro erguido, Tulio sigue regándoles agua a los loquitos, ellos gritan de frío y lujuria.

—¡Ya!, ¡se acabó!

El grito de Juanita acaba con todo. Tulio apaga la manguera, le suena una nalgada a Juan, quien sigue desnudo. Juanita les da ropa limpia y dos peines finos, llenos de “gamezan”, para quitarles los piojos.

—A la próxima debería traer otros peines, porque por allá abajo también tienen piojos. —Grita Tulio, mientras recoge la manguera y se va para el baño, a hacerse la paja que el cuerpo le exige.

La ropa huele a jabón de bola, ese usaban en la casa, un jabón grandote y negro, redondo, que vendía un indio apestoso. Hoy no veo las llamas, ni los gatos que se suben a mi espalda y me arañan toda la noche, no veo las ratas que mordieron mis labios y me hacen llagas en los huevos, no veo la sombra que sigue a Amanda por la noche. Hay sol, hace calor, que me seca por dentro, no es el mismo calor ardiente de las madrugadas, cuando veo surgir el sol del suelo del patio.

Juanita se va, los tres loquitos se quedan parados, sin moverse. Al que le dicen Pedro se le curva la espalda hacia atrás, grita, se queda trabado. Amanda ríe de nuevo, Juan parece espiar el cielo. Los hombres llegan entonces, vestidos de bata blanca, sonriendo, llevan papeles y bolígrafos, toman nota de todo.

No hay nubes, el sol quema, cierro los ojos, para no ver las sombras que se acercan. Ellos vienen cuando Tulio nos restriega, vienen y hablan, hablan de todo, de ellas, de cómo lo hacemos; del cura, que hoy por la noche me va a pedir que lo penetre por detrás, allá en el fondo del patio, siempre que nos bañan lo hace.

Me abren la boca, me bajan el pantalón, miran las llagas, me abren las nalgas, me hacen caminar, para delante, para atrás, hasta que me mareo. Preguntan de las luces, de las llamas, de los gatos que me hieren la espalda, sonríen cuando les digo que siento que la espalda se me quiebra como una caña, luego se van.

Juanita termina de limpiar la oficina, después trae otro plato de comida, sopa; deja en la esquina una cubeta, para que caguen. El cura camina para la misa de la tarde.

¿Soy Juan? Los gatos terminaron de comerse mi espalda, la luna arde en mis ojos, hace tiempo que se fueron los otros, hace tiempo que estoy aquí. ¿El sol que salió del suelo quemó mi cuerpo?, ¿acabó con mi vida? Qué pasó con todos, se fueron, la luna ya no se ve en el cielo, si camino dos pasos encuentro tope. Ya no vienen con sus agujas, no vienen más.

El cura murió una tarde. El nuevo los echó a la calle. Juanita suplicó por ellos.

—Es sífilis, Juanita, por eso están loquitos, no quiero ese peligro en mi iglesia. Mírelos, pueden atacarla a usted, todo ese sexo que tienen; no, es un asco.

Metido en una bartolina, Juan alucina otra vez, el dolor de la espalda no lo deja descansar. Lo hará hasta que amanezca tieso, cualquier mañana.

Patricia Cortez

lunes, 27 de septiembre de 2010

Respuesta

Cuando mi madre resultó embarazada de Gabrielito puso el grito en el cielo. Es que con Silvana, Miguel, Andrea, Virginia, y yo, tenía suficiente trabajo, sumado a la desidia de mi padre, mantenernos se le hacía difícil.

Virginia aún no estudiaba, Silvana, Miguel, Andrea y yo íbamos a la escuela, y ese septiembre me tocaba llevar la bandera, me sentía súper orgullosa, y me puse feliz cuando mi padre, en un arranque de responsabilidad, me compró los guantes blancos y la blusa nuevecita, con moña en el cuello, que me habían pedido. A mis zapatos negros les mandaron a cambiar de suela, el zapatero los dejó como nuevos. La falda todavía tenía bastante ruedo. Como el desfile iba a ser dentro de dos días, mi madre pasó esa noche arreglándole la orilla y haciéndole un remiendo invisible en medio de los paletones, para que no se notara una rasgadita que le hice jugando tenta cerca de un rosal, me iba a ver linda con mis colitas azules.

En la mañana, bien temprano, se levantó a planchar los uniformes, tenía cara de cansada, pero no se quejaba. Yo le ayudaba atendiendo a mis otros hermanos, principalmente a Gabrielito, quien tenía ocho días de haber nacido. Planchando estaba, cuando de repente se fue la luz. Mi madre pegó un grito, y dijo: "Es una fregadera, tan cara que la cobran y nunca funciona”, y se fue para el patio a buscar una reliquia que le había dejado mi bisabuela, a la que recurría cada vez que se iba la luz, o cuando nos la cortaban por falta de pago.

Miguel y Andrea la miraban, con la boca abierta, mientras levantaba la palanca de gallito y llenaba de carbón
la plancha, que luego encendía con un trocito de ocote, después agarró un soplador y lo agitó con fuerza. De la plancha salieron chispitas, y el olor a ocote llenó el cuarto, la colocó sobre un soporte de metal, para que las brasas se acomodaran y se calentara lo suficiente para poder usarla.

Minutos después tomó la plancha con un trapo, para no quemarse, y comenzó con el pantalón de Miguel y las faldas de Andrea y Silvana, dejó las blusas para el final, cuando la plancha se hubiera enfriado un poco.

El zumbido de la refrigeradora nos anunció que la luz había vuelto. La plancha eléctrica chisporroteó, pues se había quedado conectada y ahora estaba con el cable derretido, pegado a la de carbón.

“Mierda”, dijo mi madre. Me asusté porque nunca había oído que dijera una palabrota. Revisó la plancha arruinada y alejó a los niños para que no se quemaran, mientras sacaba la mitad del cable del enchufe, todos nos reímos, hasta a Gabrielito se le dibujó una sonrisa.

Sonó el timbre y mi madre salió a atender, mientras seguía diciendo malas palabras en voz baja.

—Señora, traigo planchas a crédito, ollas de presión, colchas de seda, ¿quiere ver?"

Mi madre siempre despedía a los vendedores con un: "Tal vez ahora no", pero esta vez se le encendió la mirada y tomó aquella plancha de vapor, nuevecita. La sacó de la caja y se le quedó viendo, luego preguntó cuánto costaba y le dijo al señor: "¿No me la puede dejar para que la vea mi esposo y mañana le digo si la compro?". El hombre le dijo que estaba bien y dejó la plancha. Inmediatamente mi madre sacó al patio la de carbón y le roció agua, luego conectó la nueva y me dijo: "Que bueno que vino ese señor, con la plancha de carbón iba a quemar tu banda de abanderada y la blusa nueva, mirá que es de dacrón de Seda".

Una hora más tarde había terminado de planchar todo. Mi padre no vino a cenar. Yo me preguntaba que iba a pasar con la plancha bonita.

Al día siguiente fuimos al desfile. Me tomaron fotos, de esas que se revelan en el ratito, mi padre las compró, luego desapareció, por lo que regresamos a almorzar sin él.



Como a las cuatro de la tarde apareció el señor, mi madre estaba descansando pero ya me había dicho que decirle. Le entregué la caja con la plancha adentro y le dije: "Dice mi mamá que siempre no le va a agarrar la plancha, que tal vez otro día, y que muchas gracias".
Patricia Cortéz
 

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